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Soberanía Alimentaria |
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Entre la soberanía y la seguridad alimentaria
Yelithza Montoya Hinojosa
“Nayakrishi Andolon” aunque nos suene a opción de menú hindú, su traducción exacta no dista mucho de los alimentos. Literalmente significa “Un nuevo movimiento agrícola” y representa una experiencia exitosa de conservación de biodiversidad aplicada a la alimentación en la zona de Tangail en Bangladesh[1]. Ahí las mujeres campesinas -léase con énfasis mujeres- han determinado su sistema de cultivo evitando en lo posible el uso de insumos externos, utilizando bases de sus enormemente diversas semillas locales y priorizando cultural y económicamente su seguridad alimentaria. Mantienen, además, una sofisticada red de intercambio y monitoreo de sus semillas y su tecnología, logrando así un balance entre soberanía local y reciprocidad regional con resultados traducibles no sólo en cantidad y calidad de producción, sino también en reducción del hambre. En un escenario opuesto, en el que las empresas transnacionales controlan la cadena alimenticia de cabo a rabo, millones de pequeños agricultores a nivel mundial no tienen ni tendrán cabida. La dependencia del mercado internacional expulsa a esos enanos agentes económicos que no pueden competir con las importaciones masivamente subsidiadas. Los empuja hacia las ciudades a buscar trabajos que no existen generando más pobreza, marginación y hambre. Luego, los gobiernos toman medidas de alivio importando más alimento barato -cegándose incluso ante su deficiente calidad nutricional- que expulsará a más agricultores a las ciudades y así el ciclo continuará. Esta situación, que más se asemeja al trailer de una película de terror, no tiene por qué ser el de la película de nuestra historia, por lo menos mirando al futuro. Contrastando la foto de la experiencia en Tangail con la foto -quizás fatalista, pero real- descrita anteriormente podemos extraer apuntes importantes en función de seguridad y soberanía alimentaria. La alimentación es un derecho humano básico. En esta premisa reposa la concepción de seguridad alimentaria, según la cual, todos los ciudadanos del mundo debemos tener acceso a alimentos sanos, nutritivos y culturalmente apropiados, en cantidad y calidad suficiente y sostenible en el tiempo, para llevar una vida sana. Nadie en su sano juicio objeta esta definición o sus fundamentos. Sin embargo la declaración del derecho no asegura la justicia social y el cumplimiento del mismo. Los esfuerzos globales por contrarrestar la situación de inseguridad alimentaria en el mundo son abundantes, aunque lamentablemente en su mayoría poco efectivos; sobre todo los manejados por los sectores públicos de países corruptos [2] como Haití, Myanmar, Sudán y -aunque mejor en el ranking- Perú. En este contexto las buenas intenciones de ayuda terminan siendo devoradas por el mal desenvolvimiento de planes calcados de otras realidades y el manejo irresponsable de los recursos. Nombres como PRONAA, Vaso de Leche, INABIF, MIMDES, y otros tantos no son el sinónimo exacto de eficiencia y desarrollo en el diccionario institucional peruano. Los números no mienten: Casi el 25% de la población viviendo en extrema pobreza, más del 35% de beneficiarios filtrados en programas sociales, casi el 27% de niños con desnutrición crónica [3]. Sin embargo, este no sólo es un partido perdido por goleada por parte de las instituciones nacionales, sino de todos los peruanos. Otro motivo que explica la falta de éxito de los programas de ayuda es que, en muchos casos, no están dirigidos por las necesidades del beneficiario, sino por las intenciones del donante. La ayuda alimentaria es utilizada por los países donantes como el último mercado de exportación carente de regulación abierta, donde aún pueden obtener beneficio directo o indirecto por productos que han sido rechazados por los consumidores pagantes; en general, incluyendo los de su país de origen. Por ende, los países hambrientos terminamos siendo una especie de elegante almacén de residuos de alimentos. Maíz del norte genéticamente modificado, rechazados por el resto del mundo, harinas de granos diversos de calidades de descarte de producciones convencionales europeas pasadas; sólo por mencionar algunos. El eco del refrán del caballo de regalo y del diente que no se mira zumba en la cabeza del colectivo en vías de desarrollo tratando de justificar el hecho. Paralelamente, en algún rincón del pensamiento, surgen a gritos cuestionamientos a esa dependencia y a la necesidad de recibir las sobras de mundo. El nivel de exposición a este tipo de atropellos es directamente proporcional a la situación de inseguridad alimentaria del país. Y en eso sí somos buenos. Ante la forzada prostitución del término seguridad alimentaria, el sector productivo reaccionó poniendo sobre la mesa la interrogante acerca de la proveniencia de ese alimento suficiente y nutritivo del que la Cumbre Mundial de la Alimentación y la Comunidad Internacional tanto habla. Dando lugar al pensamiento que sostiene el concepto de soberanía alimentaria, cuyo eje es la capacidad de autoabastecimiento, empezando por las unidades familiares, pasando por las locales y regionales hasta llegar al nivel de país. El hueco en el tratamiento de la seguridad alimentaria es que ésta no apunta al tema de la distribución de los alimentos y tampoco al control del campesino productor a lo largo de toda la red alimenticia en su integridad[4]. Por lo tanto, el derecho a la alimentación únicamente puede garantizarse en un sistema donde la soberanía alimentaria esté asegurada en niveles óptimos. Asimismo, el derecho de los pueblos a definir sus propias políticas –agrícolas, alimentarias, laborales- dentro del marco del respeto a los derechos humanos, siendo éstas ecológica, cultural y económicamente apropiadas para su realidad y circunstancias especiales, debe ser respetado por la globalización. Los tratados de libre comercio firmados por los países deben contemplar la adecuación de estos lineamientos, dependiendo de los casos. Si Suiza firmara uno con Dinamarca, los problemas serían otros, pero en los casos David /Goliat, es deber del David firmante -rol desempeñado por el Perú- hacer respetar este derecho; además de velar por el mantenimiento de condiciones de igualdad y aseguramiento interno del alcance del bienestar obtenido. La causa actual del hambre mundial, y en términos más cercanos, del hambre en el Perú no es la insuficiente disponibilidad de alimentos sino el limitado acceso a los mismos. En todos los rincones del globo se producen ahora más alimentos que nunca; introduciendo a la ecuación el crecimiento poblacional y la intersección de los mercados modernos, el resultado sigue siendo el mismo: más hambre. La producción agrícola en los países del sur está siendo direccionada cada vez más hacia la exportación, utilizando las mejores tierras y recursos para productos destinados a otras latitudes, mientras que el insatisfecho mercado interno consume cada vez más importaciones. El intercambio comercial no es diabólico, como tampoco lo es la actividad agroindustrial para la exportación. Lo que sí resulta torcido es el alcance del llamado bienestar generado por esta actividad y los límites invasivos del capital que lo conduce. La introducción de especies en campos determinados así como la masificación de ciertos cultivos, erosionan los conocimientos tradicionales y sobre todo atentan contra la biodiversidad de los ecosistemas intervenidos. Visualicemos un avión sobrevolando los ricos y cada vez más escasos valles peruanos, los turistas se asoman por la ventana y ven miles de hectáreas de cultivos de Canola, Camu Camu y Sacha Inchi, productos de alto valor comercial en el exterior. Lo más probable es que esos campos produzcan para exportar, en el mejor de los casos bajo los lineamientos del comercio justo o para producir biocombustible como es el caso de la canola. Igualmente probable es que las comunidades aledañas no tengan acceso alguno a estos productos, o mejor dicho, que ya no lo tengan. Esto, amarrado a su estado nutricional que de todas maneras es deficiente, y a sus posibilidades (ahora prácticamente nulas) de agricultura de autosostenimiento, conjuga las condiciones perfectas para una foto de agenda UNICEF. Más allá de eso, en esas miles de hectáreas que ahora se desangran en monocultivo, antes existían en armonía miles de especies de todos los reinos que fueron devastadas en pro de la exportación. Otra funesta alucinación que tampoco se aleja de la realidad. La cantidad de material genético en peligro ante la masificación de los monocultivos resulta inconmensurable, no sólo por la vasta biodiversidad existente en esos ecosistemas, donde coincidentemente se concentran las poblaciones más necesitadas, sino también por la falta de registros identificadores y trabajo de investigación en el país. Las políticas agrícolas dirigidas a la exportación han provocado profundos cambios en los modelos agrícolas campesinos, transformando sus economías de autosuficiencia en altamente dependientes del mercado externo. Las divisas obtenidas por la exportación terminan siendo usadas en la compra de alimento que por mal manejo tampoco llega a los que necesitan y la traducción en una mejora palpable no procede. A pesar de todo lo dicho, estamos aún a tiempo de dibujar un panorama sostenible en el tiempo, amigable con la naturaleza y a su vez amigable con el hambre y bolsillo de las poblaciones menos favorecidas. El Perú no es una tierra inhóspita en donde no crece el pasto. Título de país megadiverso, poseedor del 85% de los microclimas existentes en el mundo, cuna de nacimiento de millones de especies de utilización alimentaria actual, de ricas montañas y hermosas y fértiles tierras [5]. Entonces, ¿por qué nos encontramos en esta situación? La respuesta no la vamos a hallar culpando desde los gringos hasta los españoles, pasando como siempre, por los chilenos y ecuatorianos. A la conquista, la colonia, la república y todos los capítulos del libro de historia de Rostworowski y Chirinos. A los desastrosos gobiernos, a Wong y Plaza Vea, a Magaly, al fútbol y al Reguetón. Aunque algunos bastante más culpables que otros, lo que el país requiere primero es que se tome conciencia de la situación actual para poder emprender el camino al futuro, desde hoy. En tal sentido es inminente crear un marco institucional y legal que busque el punto de perfecto equilibrio entre la facilidad a las exportaciones y la defensa de la producción nacional, no con énfasis chauvinista anticuado, sino más bien uno que mantenga como foco y objetivo principal el desarrollo y bienestar de la población. Los gobiernos locales y regionales tienen aquí mucho pan por rebanar. Los planes generados por unidades locales y conjugación de experiencias exitosas pueden desenvolver los hilos de la enredada situación político social de nuestro país. Empecemos por casa. Que los clubes de madres y comités locales no sean sólo organizadoras de polladas sino también de redes de bienestar. Planificación estratégica local, como la desarrollada en la comunidad de Paccho Molinos en Huancavelica, cuyos pobladores han conseguido un nivel de organización envidiable para cualquier ciudad. A pesar de sus limitados recursos han desarrollado un sistema con objetivos cercanos y palpables en función de la mejora de su calidad de vida. Bastó con identificar un problema, en asumirlo como colectivo y como tal, asumir su solución como comunal: el hambre en Paccho Molinos dejó de ser una preocupación para sus comuneros y la solución a éste problema pasó a ser, literalmente, el pan de cada día. Que la réplica de experiencias como esta, y de la mencionada al inicio de este artículo sean el motor para el diseño de políticas regionales que ofrezcan una seguridad alimentaria local, transversal y que aproveche de manera sostenible los infinitos recursos de nuestra biodiversidad y que tenga la independencia suficiente para garantizar un campo de acción real. Notas [1] Food Sovereignity: Turning the global food system upside down. GRAIN. En línea: www.grain.com [2] The 2006 Transparency International Corruption Perceptions Index. Transparency International. En línea: www.transparency.org [3] Informe Nacional sobre Seguridad Alimentaria en el Perú. MINAG. 2002 [4] Who is getting Feed? Matt Mellen. GRAIN. En línea: www.grain.com [5] RAYGADA BALLESTEROS, Manuel. “Mi Perú”.
La autora es integrante del equipo de investigación del TLC con Estados Unidos. Publicado originalmente el 23 de mayo de 2007. Se reproduce SoberaniaAlimentaria.com con fines informativos y educativos. . |